EL DESASTROSO ESTRENO DEL BARBERO DE SEVILLA

 

 

 

 

Por Pepe Moncho

En 1815, Rossini se encontraba ytabajando para el empresario Doménico Barbaja en el teatro San Carlos de Nápoles. En sus contratos siempre establecía una cláusula de dos meses y medio de vacaciones para hacer “lo que le daba la gana”- que normalmente era vaguear – pero también le daba libertad para trabajar en otros proyectos si le apetecía. Poco antes de Navidad, el compositor se encontraba en Roma porque le habían ofrecido una nueva ópera allí. Sólo disponía de mes y medio para componerla, ensayarla y estrenarla, así que había que darse prisa. Se reunió con el libretista, Cesare Sterbini y con el empresario y se pusieron manos a la obra. Eligieron un tema ya aprobado por la censura y del que había una composición del ya anciano Giovanni Paisiello.

El empresario era el duque Francesco Cesarini-Sforza y se estrenaría en el Teatro Torre Argentina. Tras múltiples incidentes (cantantes que dijeron sí y después no, decorados que no estarían listos a tiempo, etc.), el estreno tuvo que posponerse y no se pudo estrenar el día previsto, 16 de febrero. Al empresario le dio tal rabieta que sufrió un síncope y falleció el mismo día en que debía ser estrenada. Tenía 44 años. El que lo sustituyó en el cargo decidió estrenarla el 20 de febrero.

Por fin, el 20 de febrero de 1816 se estrenó Il barbierIe di Siviglia, pero para no herir los sentimientos del viejo Pasiello, que todavía vivía, Rossini cambió el título por: “Almaviva, ossia l’inutil precauzione“.

Pero el estreno resultó ser un desastre total. El tenor, Manuel Vicente García, sevillano, había compuesto una serenata inspirada en temas musicales andaluces, que debía cantar, con tan mala suerte que se le rompió una cuerda de la guitarra, lo que provocó la risa del público. Justo en ese momento, apareció Rosina en el balcón diciéndole: “Sigue, sigue así”, lo que provocó la hilaridad del respetable. En ese momento, un gato negro cruzó el escenario. Para colmo, el barítono, Zenobio Vittarelli, tropezó y se dio de bruces contra el suelo. Tuvo que cantar su aria con la nariz sangrando y un pañuelo para contener la hemorragia. Todo esto provocó un aluvión de silbidos, risas, gritos, etc.

Rossini, que estaba sentado al cémbalo, ni se inmutó. Se fue a casa a dormir. Al día siguiente fue al teatro, rompió la obertura de temas españoles que había compuesto el tenor García, y también la serenata, sustituyéndola por otra. La función del segundo día recibió un clamoroso aplauso. Fue un éxito rotundo que perdura hasta nuestros días.

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